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El bienestar en la cultura

. Publicado en El poder de las palabras

La sublimación como figura de lo (im)posible

Maurits-Cornelis-Escher-42555Obra de Maurits Cornelis Escher.

Por Patricia Weigandt

«Una escritura es, pues, un hacer que le da sostén al pensamiento».
(J. Lacan, 1975/6)

Provechosa ocasión El bienestar en la cultura para poder pensar acerca de lo (im)posible en el humano. Se trata, seguramente, de un título inspirado en aquel otro freudiano acerca del malestar (en la cultura) allá por el año 1930, cuando Freud intentaba advertirnos que la organización impuesta por la cultura implica renuncias de carácter pulsional [1] que no son gratuitas: el malestar ante la renuncia necesaria para el establecimiento de un nuevo orden.

El bienestar (en la sublimación) propondrá un quehacer con la pulsión no ya del carácter de la renuncia, una satisfacción que torna lo mortífero del exceso o del defecto en obra y es ocasión de la instalación del sujeto con nombre propio: un sujeto no alienado en pos de un poco de tranquilidad, sin garantías pero con horizonte (horizonte que puede ser pensado —desde el psicoanálisis— no solo como horizonte de la cura, sino también en la cultura, lugar princeps en lo que a la sublimación atañe, pues es habitada por esta, la introduce e inaugura). Nos valdremos de indiscutidas producciones culturales (las producciones artísticas) para pensar así a la sublimación (que se juega en ellas) como bienestar en. Bienestar que no podrá recetarse, ni decretarse, pero que sí podrá considerarse como horizonte de posibilidad, de aquello que, de otro modo, sería imposible.

La cultura no es solo el efecto malestar. Freud nos advirtió sobre el carácter universal del malestar, pero no desestimó los bienestares posibles en y con la cultura. El psicoanálisis por él inventado no es por fuera de ella.

Es momento de enfatizar lo que es del orden del bienestar posible. Las razones del bienestar no proceden de fuentes tan diversas de aquellas de las que proviene el malestar. Recorreremos brevemente algunas (freudianas) razones del malestar, recortando, de entre todas las posibles para el bienestar, aquellas relacionadas con la sublimación, entendida como una transformación en el ex-sistir, una transformación del sujeto humano entendido como efecto de texto, efecto de palabras. La categoría de ser (sujeto) del que hablamos se constituye, en ese sentido, por fuera de la metafísica.

Freud nos plantea el malestar como efecto necesario de la pérdida de la naturaleza en lo humano, pérdida de una respuesta prefijada instintualmente, responsable de mucho de lo bueno que a la vez puede no ser tan bueno y que nuestras sociedades albergan. Tal pérdida es también motivo de mucho de lo «malo», y motivo también del alto nivel de organización de las sociedades, pérdida sin retorno, pérdida sin remedio que exige que hagamos lo im-posible por otro tipo de satisfacción o por Otro [2] (según el caso, sublimación o síntoma).

En la misma época en la que Freud escribía El malestar en la cultura se establecía la paradoja de sociedades altamente organizadas, con empuje claro del «progreso industrial», pero que presentaban a su vez inequidades, desigualdades y actos que implicaban fenómenos masivos de aniquilamiento como lo eran las guerras (solo por tomar uno de sus efectos).

Einstein se preguntaba acerca de su porqué y convocaba a Freud a esa pregunta (Freud, 1932). Como vemos, salvo lo relativo a la era industrial que ha sido reemplazada por otro tipo de organización preponderante, el panorama no dista mucho actualmente: malestares sigue habiendo. Y podríamos decir sorprendidos: sociedades también.

Así, más de un siglo después hemos podido pensar en el sentido más real del término —en el sentido con que Lacan lo define— [3] efectuando abordajes tras haber perdido la inocencia respecto a hallar buenos finales siempre. Esos buenos finales (siempre) deberán quedar para las novelas. Veremos que algo de verdad necesaria hay en que éstas lo alberguen: no hay conjuro para el malestar, que no es por fuera de la cultura, pero sí, algún saber hacer con lo que fue del orden del padecimiento. Ese saber hacer es lo que Lacan denominará sinthome y que podemos considerar como el nombre lacaniano de la sublimación freudiana (cf. Weigandt, 2010). (Recordemos que Lacan distingue al symptome —síntoma— del sinthome). [4]

Con Freud, lo humano está comandado por lo que él denominó pulsión de muerte (Freud, 1920), nombre para aquello que es tan viejo como la humanidad y que, en una definición sencilla, se trataría de la puesta en marcha de cierta descarga (tendiente a absoluta) en cierta satisfacción de lo que ya no es del orden del instinto, como sí lo era para nuestros parientes de la escala zoológica. Ellos, a pesar de nuestro pensamiento que los enuncia salvajes, operan buscando aquello con lo que —saben— pueden saciarse. Entre ellos, el daño colateral no es objetivo en sí mismoy la guerra no es una figura animal. De haber alguna diferencia entre estos parientes nuestros y nosotros, es que la palabra nos ha habitado. Al decir de Lacan, incluso nos ha «parasitado» (Lacan, 2006) y, por tanto, fracturado. Nos ha alejado de una certeza genética al momento de satisfacer nuestras «necesidades», pero esa pulsión de muerte (tal su operatoria), ese exceso, no es responsable únicamente de la guerra, sino que también puede serlo (y en muchas oportunidades lo es) de la producción cultural. Lacan, en su seminario «El sinthome» dirá, refiriéndose al escritor J. Joyce: « ¿Que Joyce sea el escritor por excelencia del enigma no sería la consecuencia del ensamblaje tan mal hecho de este ego, de función enigmática, de función reparatoria?» (Lacan, 2006, pág. 151).

Si los humanos comemos pasto, lo hacemos bajo una serie de apreciaciones o indicaciones que Otro hace acerca de nuestro bienestar o de nuestros derechos (o por debajo de estos). Tan es así que el pasto hoy es exhibido en tarjetas de papel caro (pero reciclable) junto a macetas de vidrio transparente en las mesas de algunos bares ecológicos. Hay «reglas» para saciar las necesidades palabra a partir. [5] Reglas más o menos arbitrarias en el sentido estricto y también en el sentido amplio del término, que ciertas (y no tan ciertas) sociedades imponen a nuestras sociedades. Entonces, si comemos pasto, lo hacemos determinados por algo que ya no es la impronta genética. La búsqueda del partenaire, el apareamiento y el resto de las satisfacciones que pueden considerarse primarias para la especie, están intermediadas por el lenguaje.

Alguien está por encima o por debajo de la cobertura de las denominadas necesidades mínimas, de acuerdo a un planteo que se establece en algún lugar probablemente muy distante del planeta, pero sin dejar por eso de lado que, seguramente al lado mismo de más o menos cualquier ser (humano) si todo va más o menos bien, habrá alguien más que diga sobre ello, con mayor o menor eficacia. Por nuestras latitudes, ese alguien toma el nombre de madre. Es quien sanciona si hace hambre, frío, o si el llanto indica necesidad o «maña», [6] si es comilón como el padre o si a ese niño hay que llenarle las dos manos de pan para que no moleste mientras los adultos hablan... [7]

Dirá Héctor López:

El sujeto del psicoanálisis es un efecto muy concreto y singular de la forma en que un cuerpo ha sido afectado por el lenguaje y por el deseo del Otro. Se trata de un sujeto, antes que del inconsciente, digamos mejor enlo inconsciente…

(2004, pág. 18; itálicas en el original).

Un movimiento de alienación y otro de separación son necesarios para poder vérselas con la satisfacción de aquello que alguna vez pudo ser (mito mediante) puro instinto. Nada de desnudez, satisfacción (¿total?). Eso suena a mito…

El cachorro humano nace en estado de prematuración e inadecuación y alguien (más o menos trágicamente, más o menos noveladamente) lo inscribirá en el mundo de las (in)satisfacciones. En el mundo de la búsqueda (no) de cualquier modo.

Freud nos planteará que siempre habrá algo en exceso y/o en defecto respecto de la tan anhelada satisfacción. Él ubicará ello [8] como un camino de repetición en búsqueda de lo que nunca ocurrió, porque si efectivamente aconteció alguna vez en las primeras satisfacciones del cachorro, ello constituirá marca en tanto perdido.

Una cantidad de energía que una y otra vez pugna por la descarga se encontrará con una serie de marcas que, articuladas y más o menos mal ensambladas, comandarán la descarga. Ese ensamble podría llamarse yo, y nunca es total, siempre hay un quantum que escapa, relanza y/o hostiga. De la intensidad y de las singularidades del «ensamblaje» [9] dependerá lo que podemos dar en llamar el «destino» de satisfacción de un humano.

Muerte y sexualidad tallarán en ese recorrido. Alguien puede comer para vivir o vivir para comer; comer entonces para morir o «resolver no comer»: paradojas propias del diccionario básico de las satisfacciones elementales del humano.

Alguien puede querer comerse a ese «¡¡¡bombonazo!!!», o dibujar concretamente con un fibrón un trozo del cuerpo del partenaire (concretamente un riñón…) mientras duerme tras un encuentro sexual. La presión del trazo probablemente sea causa del despertar de la bella durmiente. Bella pregunta y él responde (convincentemente para ella y la analista de ella) que ese sector será el que se masticará ni bien pueda. Este no es un fragmento de El silencio de los inocentes, sino otro relato clínico. Valga la diferencia con el interlocutor que profiere la sentencia hacia el «bombonazo»: una metáfora es una gran diferencia en estos quehaceres con el masticar y lo que en psicoanálisis denominamos pulsiones. En ciertas oportunidades, el humor es sublimación.

Jacques Lacan, retomando el planteo freudiano, indicará que toda pulsión (así llama Freud al sucedáneo humano del instinto) tiende a una descarga a cero, total, pero no llega a cero por las marcas antes mencionadas, que hacen de estaciones intermedias. En tanto descarga a cero (freudianamente hablando), Lacan dirá que toda pulsión es pulsión de muerte; tiende al retorno a lo inanimado; tiende al retorno del «estado inaugural» en el que la fuente (lugar somático desde donde surge el estímulo) se hallaba sin tensión.

¿Por qué hablar aquí del término pulsión?

Partiendo del alemán Trieb, Freud lo conceptualiza como un estímulo psíquico proveniente del interior del organismo, compuesto por distintos elementos: fuente, objeto, meta y empuje. Distingue cuatro destinos posibles en el trámite para su satisfacción: vuelta contra la propia persona, transformación en lo contrario, represión y sublimación (Freud, 1905, 1915).

Nos encontramos aquí ante elementos y quehaceres que nos obligarían a recorrer la obra completa de Freud para desentrañar uno de los denominados «modelos» de la teorización psicoanalítica: el modelo pulsional, que junto con el inconsciente (Edipo mediante) permiten dar cuenta de una serie de fenómenos a nivel del psiquismo humano. Un modelo no puede prescindir del otro.

Rescatamos tres conceptualizaciones de las pulsiones a lo largo de la teorización freudiana: pulsiones de auto conservación y conservación de la especie, pulsiones del yo y sexuales, y, por último, pulsiones de vida y de muerte (Grimau, 1991).

Volviendo al terreno ya marcado, el hallazgo freudiano anoticia que el placer no rige nuestras vidas y que, incluso cuando parece regirla, puede llevarnos a la muerte: el más allá nos gobierna (Freud, 1920).

Pero entonces, ¿puede la cultura implicar bienestar?

Como planteáramos anteriormente, el psicoanálisis, a medida que el tiempo transcurre, debe enfatizar —casi a modo de advertencia— alguna de las caras de aquello que es del orden de lo humano. En este punto, una de las caras de eso que damos en llamar cultura. Esto es así porque en su «campo de intervención»: lo humano, recorta su objeto: el inconsciente, sobre el texto que él mismo aporta en su producción en la cultura, incluso a esta altura. La cultura se produce en texto y es resultado de enunciación, adquisición y pasaje de sentido en que alguno queda primando sobre otros posibles. Es función del psicoanálisis interrogar el estatuto de verdad de esas enunciaciones. Así es que podríamos pensar que el texto producido en 1930, sumado a otros textos de la cultura, hacen a un primado de énfasis por aquello que es del orden del malestar. De manera tal que el bienestar en la cultura no ocupa las primeras planas en las consideraciones al momento del análisis en los tiempos que corren. El malestar en la consideración tiene cierta preeminencia.

Sin embargo, la cultura no es solo el malestar (en), y la función del psicoanálisis y del psicoanalista no es la de propiciar el masoquismo, como tampoco lo fue (y allí intervino Lacan) el american way of live en el horizonte de las intervenciones psicoanalíticas.

En los últimos años un efecto se instala por sobre otros posibles, en muchos lugares en los que algo de la transmisión del psicoanálisis podría producirse. La lectura del malestar se torna queja. Se torna queja incluso entre psicoanalistas que quedan así en las filas de muchos otros protagonistas de la «queja de la cultura». Recientemente, al participar en la presentación de trabajos relativos a la articulación entre políticas públicas y universidad (psicoanálisis e infancia), [10] los coordinadores de diversas mesas de trabajo marcaban la diferencia entre muchos trabajos con mucha crítica y ninguna propuesta, y en algunos casos, con propuestas a pesar del malestar y a partir del mismo.

A esta altura ustedes se preguntarán: ¿Dónde está la sublimación? ¿Cuál es su relación con la cultura y cuál al bienestar?

Freud (1909) planteaba que la sublimación era un doloroso trámite al que nuestros neuróticos no estaban dispuestos, pese a lo cual la ubicaba como el horizonte de la cura.

Los modelos de los que Freud y el psicoanálisis se valen para dar cuenta del real en juego aluden al elemento cuantitativo y al elemento representacional, que se encuentran en ciernes y de manera resuelta en los modelos pulsional e inconsciente, respectivamente.

En El yo y el ello, de 1923, Freud indicará al ello como el reservorio de las pulsiones que quedará corticalmente emparentado con el yo (nivel mayor de organización) y que recibiendo, sus embates tendientes a la satisfacción, intentará vehiculizarlos por vía de sus representantes. Los destinos pulsionales se jugarán en ese trámite junto con el heredero de la «culpa», al que denomina superyó (Freud, 1930).

La represión causante de los síntomas neuróticos operará sobre el elemento cualitativo. En muy resumidas cuentas, operará que las cargas trasladen su quantum a otros elementos representacionales que quedarán así dispuestos. Esto no ocurre de una vez y para siempre, sino que la represión operará como proceso que requerirá cargas y contracargas de manera continua, ya que el gasto energético impide al neurótico dedicar sus energías a otro tipo de satisfacción. La correspondencia con Pfister es bastante prolífica a este respecto: permanentemente se hace hincapié (por la procedencia religiosa del interlocutor, dado que se trataba de un pastor protestante) en la posibilidad altamente singular de utilizar energía sexual en satisfacciones del orden de lo cultural entre ellas de inclinación religiosa. El levantamiento de las represiones que propone el psicoanálisis se relaciona con permitir deshilvanar aquella energía, de manera que quede libremente móvil y pueda ser destinada a otro tipo de satisfacción, una satisfacción más directa.

A esta altura podríamos pensar en la peligrosidad de esas mociones «a la deriva», [11] dado que estamos hablando ni más ni menos que de pulsiones sexuales y agresivas. Freud tuvo ese reparo para indicar que no se trataba de empujar a un sujeto al análisis, pues no todos los sujetos soportan el malestar de esas mociones cuantitativas derivando.

Lacan, en su seminario VII, La ética, nos plantea la sublimación como deriva pulsional (Lacan, 1959). El anclaje ético estará relacionado con el estatuto que cobrará esa deriva en una producción más allá: más allá del principio del placer, más allá del ideal, más allá del sacrificio moral. Un más allá que estará emparentado, entonces, con una estética. Operará tomando como objeto cualquier cosa, creando o inventando con él. La creación y la invención serán del autor. Es decir, creador creado.

Este destino posible para la pulsión implicará soportar una serie de tiempos, desajustes y desensambles, pero no todo sujeto se dispondrá a que el yo quede licenciado en pos de semejante trámite (Weigandt, 2010).

En una serie sin serie, diferentes psicoanalistas indican que ese funcionamiento que la sublimación requiere es aquel que hace de un sujeto humano, efectivamente, tal. «La sublimación» —que en realidad no debiéramos tomar en singular dado que opera en variantes (Weigandt, 2010)— es para algunos autores estructurante del sujeto como tal. Así dirá Massimo Recalcati:

<blockquote >La condición de acceso a la realidad se define propiamente por esa sublimación del goce mortífero y canibalistico que distingue el pegamento oscuro del ser viviente con el UNO del cuerpo materno.

(Recalcati, 2006, pág. 39).

La ruptura, apertura y pérdida de la unificación aparecen múltiplemente referidas en los dichos de los artistas que nos sirven de vía regia [12] para entender la sublimación (Weigandt, 2010) y que son, además, indiscutidos productores de bienestar, tanto en los sujetos que desde ellas quedan constituidos al escribirlas, esculpirlas, pintarlas, fotografiarles, etc., como así también en quienes las contemplan o simplemente disfrutan de ellas.

Grimau (2003) reúne en la categoría freudiana satisfacciones pulsionales de meta inhibida, desde la ciencia hasta el deporte (incluido el gol de Maradona a los ingleses en 1986, al que caracteriza de sublime).

La apertura, fractura, incluso abismo, es referida por los artistas cuando ya dicen, respecto del momento anterior a poder decir. Podríamos pensar a ese estado como de exposición a lo abierto y a la desligadura, característicos de la pulsación a la satisfacción a la deriva. Punto de suspensión de la estructura montada para contener al cuerpo (goce), es registrado con malestar, dolor, desazón, caos. He allí la referencia freudiana en sus conversaciones con Pfister respecto de la renuencia de los enfermos a soportar ese doloroso trámite (Freud, 1909).

Volviendo a las producciones

Los artistas nos hablan de un impacto en el cuerpo, del que dicen (obviamente a posteriori, y en sus producciones), pero que afecta al mundo, entendiendo a ese mundo como lo que, desde lo «externo», podría sostener a ese cuerpo, con la salvedad de que en el dicho artístico no aparecen recortados mundo y cuerpo. La sabiduría del artista no distingue lo que nuestra inclinación a la razón fuerza. Así como en la zona de transición que Winnicott plantea responsable de la generación de la separación del niño respecto de la madre —definida también por una creación— de una zona intermedia y de una serie de fenómenos intermedios, a los que él llama transicionales. Consideramos que uno de esos fenómenos del orden de la creación también es efecto de la sublimación: el juego,  representante nato de lo que podríamos dar en llamar el bienestar en la cultura.

Winnicott (pediatra) dirá que la salud psíquica del niño va en el sentido de la capacidad para jugar, y definirá a la cura por psicoterapia como el llevar al niño de un estado de no poder jugar a un estado de poder hacerlo. El analista deberá saber jugar para guiar ese proceso psicoterapéutico, en una interesante referencia al quehacer requerido para poder disponerse a guiar una psicoterapia.

El juego deja claro lo que en otras oportunidades tal vez nos resistimos a ver en producciones del bienestar a las que denominamos obras de arte: el tiempo incluye al jugante y al juego. Allí no hay dentro ni fuera, y la violencia lo interrumpe: si entra en juego, ya no es violencia (Winnicott, 1971).

Aquel silencio previo a la creación del que hablan algunos artistas como necesario (pese a lo insoportable) aparece míticamente dicho en las escrituras preciadas por la humanidad como tesoro cultural, intentando establecer un punto en el origen. Silencio, falta de palabras que perturban y presentifican la hoja en blanco, la tela en blanco. Pero ese silencio no siempre guarda las características imaginarias reservadas en nuestro acuerdo general al vacío o la deriva. Es más, esas características imaginarias en muchas oportunidades tornan confuso su reconocimiento, dando lugar a un efecto de síntesis imaginario también.

Interrogando producciones culturales, mencionaremos una que es patrimonio indiscutible de la humanidad en tanto producción de la cultura: la Biblia. En ella leemos que muchas veces ese silencio o vacío previo es nombrado o guarda características de pleno, inconmensurable. Es decir, nombres que se impregnan en el intento de asir lo real de ese silencio, de ese vacío. Así encontramos en el mito de la creación los siguientes calificativos de ese silencio previo: «desorden, vacío, tinieblas y abismo». Esta es una sola referencia dentro de las variadas que se encuentran en ella a ese estado previo «casi necesario» para la creación.

Los dichos de los artistas

Tal vez por la pregnancia religiosa de la referencia precedente podríamos nombrar primero las múltiples alusiones que hace el escritor argentino Hugo Mujica a su estadía durante siete años en un monasterio trapense, en el que el silencio y la falta de espejos reinaban. Términos más, términos menos, él lo refiere como momento previo y concluyente a su «decisión» o —podríamos decir— a que algo se decida en él, en torno de la escritura.

Mujica, en el seminario Psicoanálisis y poesía, [13] consultado acerca del vacío previo a la escritura, ubicará que no hay vacío más allá de los límites de la hoja en blanco (Mujica, 2006).

Sin embargo, en otro momento del mismo seminario comentará el estado de desorden y caos en su vida, anterior a la decisión de entrar en el vacío (con marco) del monasterio. Un vacío que él catalogaba como plagado de ingesta de drogas, desorganización, que atravesaba tanto a él como a otros de su generación en aquel momento histórico, y señalaba que, de no haber tomado esa decisión, la muerte era lo más seguro: vacío de predominio real, pleno.

Se abren dos dimensiones diferentes del silencio: el del desborde caótico y ruidoso, sin la organización, solidario, al que refiere Moisés en el Génesis. Otro silencio es aquel donde las tinieblas quedan por fuera del marco o enmarcadas. Podríamos pensar que el vacío con bordes es entonces la hoja en blanco, un vacío de predominio simbólico. El otro vacío, el abismal, es el que refiere luego, el vacío del desorden, en el que lo real predomina.

Probablemente debiéramos situar aquí el marco del monasterio en el sentido del registro simbólico, con predominio en el punto en el que productor de corte. [14] Hoja en blanco y monasterio son así representantes (del bienestar) de la cultura en una lectura que no es posible de otro modo, sino a posteriori.

Otra arista del vacío, que se agrega a la caótica y ruidosa ingesta tóxica, es el vacío de yo que se intenta ubicar desde el monasterio, quitando espejos y haciendo silencio. El acotamiento de eso que en psicoanálisis denominamos yo permitiría que algo de lo verdadero adviniera para el sujeto, cual suspensión de la imagen del cuerpo «propio» y de una dimensión de la palabra (la ligada a la fonación). Se trata, por lo tanto, de una suspensión con marco de ley en esa institución, que de ese modo permite o estimula un lazo diferente al otro o, más precisamente, a algo de la Otredad. Tal suspensión está amortiguada respecto de otras suspensiones sobre las que hablan los artistas (cuando ya hablan, previas a su artístico decir), y está amortiguada incluso en este artista si la ubicamos al lado de aquella otra caótica.

Si esa suspensión «estimulara» la creación, podríamos hipotetizar que algo de la suspensión desataría la creación. El modelo pulsional deberá ser considerado en esa suspensión, una suspensión no recomendable necesariamente, dado que su horizonte (la sublimación) no es alcanzable por «decreto cultural o analítico».

Sabemos del valor de la producción de Mujica, más no necesitamos hipotetizar, porque allí están sus dichos respecto de la fragmentación anterior al marco cultural (en adelante, «marco del bienestar»), que le permite una satisfacción de otro orden.

En dichos del psicoanalista G. Pommier:

<blockquote >El destino sexualizado de la pulsión es anónimo; el de la sublimación está barrado por el estilo, imperceptible propio del nombre.<blockquote >El autor es el efecto de su propio acto, él mismo se engendra. Prescinde del Nombre del padre […] La obra fija el nombre. Ella se lleva consigo lo que haya de monstruoso en ese goce.

(Pommier, 1989, pág. 226)

La noción de nombre del padre es demasiado compleja para explicitarla en un artículo referido al tema que nos ocupa. Sin embargo, cabe que consignemos mínimamente que se trata de un elemento de carácter simbólico que permite un efecto de corte de aquello oscuro y obsceno, de lo que se tornaría pegajoso y obsceno sin el espacio transicional que menciona Winnicott. Nombre del padre es un término en la fórmula que establece Lacan, a la que llama metáfora paterna, nombre del padre sobre deseo de la madre. Esta conceptualización toma el relevo de la castración como figura freudiana para la salida del incesto edípico en el niño y la posterior inserción en la cultura exogámica, es decir, un efecto de corte que puede operar desde diferentes lugares, situaciones o personas que operan (en función) en el nombre de…….

El efecto de corte característico de lo simbólico puede producirse por diferentes vías. Una de ellas es la practicada a partir de las intervenciones del analista en el análisis, en el sentido de la apertura a la multiplicidad de sentido. Otras pueden producirse por esa misma vía, ya sea por un buen «error de cálculo» o desde algún acto, como así también por fuera del análisis, en puntos en los cuales se producirá una irrupción en lo imaginario de aquello que es del orden de lo real. En muchas oportunidades, esa irrupción en lo imaginario de aquello que es del orden de lo real relanzará el trabajo.

Cuando por la vía del análisis (o por otras vías no tan cuidadas) la irrupción determina un estado de deriva pulsional y de «apertura» del inconsciente, el sujeto «desanudado» podrá lanzarse más allá de sus represiones, más allá del yo. Ese más allá presentifica lo pulsional, y por eso puede ser nombrado como pulsión de muerte, como trámite mediante (tal vez)… sublimación.

Esta pulsión de muerte, tal como marca ajustadamente Rabinovich, quizás debiera ser llamada de castración (Rabinovich, 2007). La muerte aparece en lo imaginario como figura de la castración. Una vez consumada, la sublimación (una de nuestras figuras del bienestar en la cultura) consiste en un posicionamiento en que el sujeto mira la castración de frente («tiembla», dirían Nietzsche, Fijman y Duras, entre otros) y desde esa desligadura es él quien (se) produce obra (Weigandt, 2010).

Ese más allá, por razones adversas y diversas, se presentifica en la psicosis por el orden de la falla, o más bien por la ausencia del mecanismo represivo del que estamos al tanto. Lo pulsional vuelve a aparecer «desligado» entonces del amarre al inconsciente, y quedará a cielo abierto.

¿Cómo pensar allí la posibilidad de satisfacción pulsional vía sublimación? ¿Cómo manejar la economía de goce que ya no responde a la medida fálica? La locura es nombrada por los artistas y por varios analistas como lindera a la creación, e incluso algunos la denominan locura creativa.

Gérard Pommier, en «Fin de análisis y sublimación» (de su libro El desenlace de un análisis) transcribirá palabras de Picasso que presentifican una tarea que le queda pendiente y abierta a todo humano desde el momento en que nace, pero que parece más elocuente y dramáticamente planteada en la psicosis o en la fobia, donde el testimonio, por razones que escapan al sentido, se hace más efectivo. Podríamos incluso decir que la psicosis y la fobia también nos abren la vía. En realidad, es el artista quien la abre.

Picasso dirá:

La creación plástica es solamente secundaria […], lo que cuenta en el drama del acto mismo, el momento en que el universo se escapa para encontrarse con su propia destrucción.

Y Pommier dirá entonces:

La creación es secundaria a un drama secreto, a un anonadamiento primero en el que el universo se escabulle. Al primer pensamiento se le agrega uno nuevo: lo que estaba antes no era todavía nada, y la obra sigue marcada por este nada que porta en su centro. ¿Hay que admitir entonces que la obra más que construirlo, reconstruye un mundo destruido al que por añadidura se le agrega un nombre? Ese universo secretamente desensamblado, sellado por una laguna central, es sin duda lo que Freud descubrió al nombrar la pulsión de muerte […] El deseo que le da vida es también el que le niega su existencia si él se ajusta a él.<blockquote >Solo el síntoma o el acto creativo nos permiten aplazar lo que este encuentro tiene de mortal

(Pommier, 1989, pág. Nº 222)

El arte y el abordaje de (y en) la locura serían objeto de un trabajo específico de carácter extenso. Arte y laborterapia no son sinónimos, pues la sublimación, el arte y el bienestar que estos pudieran provocar en el sujeto y en los sujetos no son materia de aplicabilidad sino solo de horizonte.

Las últimas líneas consistirán en la producción literaria de Magdalena, una analizante que consulta treinta años después de ser objeto de una violación sexual, redoblada, además, por la imposición de silencio en la institución que la albergaba y la obediencia de ella a tal imposición. Hábitos y guardapolvos son uniformes que vestían a las mujeres en la doble inserción que tuvo a lo largo de todo ese tiempo. Una enfermedad orgánica grave la conduce a la consulta por derivación. Este es uno de los primeros escritos (aún con seudónimo). Luego ella firmará y otros la nombrarán como escritora. El análisis/sublimación produjo, en dichos de Magdalena, «que no me comiera mi propia carne hecha jirones» (Weigandt, 2010). Para que el texto pudiera (no) velar y albergara un buen final, Magdalena soportó la deriva analítica:

Hollé los adoquines de mi vieja calle

Con ese escozor de primavera entre las piernas

El talle airoso, la piel lozana

Guiñé al sol mis ojos de gitana

Avancé,

Todos me veían blanca

Solo el guardapolvo no tenía manchas.

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Los espejos multiplicaban

El lunar de mi muslo izquierdo

Él gemía

Desmelenado y sudoroso

Pensaba yo

En la clase de mañana

En la bandera aleteando

Inocente

Y en los besos de pan de leche

En los recreos

Referencia bibliográfica

Biblia (versiones de C. de Reina (1569) y C. Valera (1602)).

—Freud, S. (1973), Obras completas, Madrid: Biblioteca Nueva. [15]

—. (1979), Obras completas, Madrid: Amorrortu.

—. (1905), «Tres ensayos para una teoría sexual», en Freud (1973), ob. cit., II.

—. (1909) «Correspondencia. Carta al pastor O. Pfister. 9/2/09», en Freud (1973), ob. cit., III.

—. (1915), Pulsiones y destinos de pulsión, en Freud (1979), ob. cit., XIV.

—. (1920), Más allá del principio del placer, en Freud (1973), ob. cit., III.

—. (1923), El yo y el ello, en Freud (1973), ob. cit., III.

—. (1929/30a), El malestar en la cultura, en Freud (1973), ob. cit., III.

—. (1929/30b), El malestar en la cultura, en Freud (1979), ob. cit., XXI.

—. (1932), «¿Por qué la guerra?», en Freud (1973), ob. cit., III.

—Grimau, A. (1991), La dirección de la cura. Buenos Aires: Data.

—. (2003), Los goces y sus vicisitudes, Buenos Aires: Letra Viva.

—Lacan, J. (1959), Seminario VII. La ética, Buenos Aires: Paidós.

—. (2006 [1975/76]), Seminario XXIII. El Sinthome, Buenos Aires: Paidós.

—López, H. (2004), Lo fundamental de Heidegger en Lacan, Buenos Aires: Letra Viva.

—Mujica, H. y <span >Rodríguez, S. (2006), «Psicoanálisis y Poesía» [seminario en El (Øtro) Sur, Viedma, mimeo].

—Pommier, G. (1989), El desenlace de un análisis. Buenos Aires: Nueva Visión.

—Rabinovich, N. (2007), Lágrimas de lo real, Santa Fe: Homo Sapiens.

—Recalcati, M., et. al. (2006), Las tres estéticas de Lacan (Psicoanálisis y arte), Buenos Aires: Del Cifrado.

—Weigandt, P. (2010) La sublimación como punto de suspensión en la estructura. De la sublimación Freudiana al sinthome Lacaniano. El arte de soportar lo inacabado, Tesis doctoral, USAL.

—Winnicott, D. (1987), Realidad y juego, Buenos Aires: Gedisa.


1 Más adelante definiremos mínimamente los términos pulsión y otros a los que acudiremos, entendiendo como destinatario de este texto a un lector proveniente de diferentes disciplinas, sin formación psicoanalítica necesariamente.

2 Otro en el sentido lacaniano del término, como tesoro de los significantes que otorgarían consistencia al sujeto. Se trata de una construcción ordenadora del goce, según sea articulado por el sujeto. El síntomaestaría destinado a un quehacer que denuncia pero a la vez sutura la falta de ese Otro.

3 Real: lo que no cesa de no inscribirse.

4 Sinthome fue acuñado por Lacan en su Seminario XXIII (1975/6) para dar nombre al «invento» del que Joyce se vale y hace de sí mismo a partir de su creación literaria. El término incluye, además, el nombre de Santo Tomás: un padre al fin, anudamiento novedoso, creación (de un padre) donde no lo había. Es decir, donde no existía la equivocidad del síntoma, el anudamiento y la relación al padre que el mismo requiere y presta, la creación (literaria) de Joyce inaugura en Lacan otra dimensión más allá del síntoma.

5 La necesidad se encuentra perdida como tal, las palabras la recortan: no es lo mismo un trozo de carne que un «paty» o una «cajita feliz»; las achuras de nuestra parrillada son catalogadas por otras culturas como objeto de ingesta salvaje y repugnante; el buen objeto con que el niño logra saciar su hambre o su sed es teta o biberón, de acuerdo a lo que el discurso médico indique como más adecuado en una época determinada; los niños duermen en su cuna en una posición u otra, a partir de la definición del pediatra. En fin: palabras.

6 Destreza; habilidad; astucia, treta; vicio o mala costumbre (Diccionario enciclopédico Océano, 1996, s.v.).

7 Trozo de relato clínico: consejos de una madre a otra.

8 Juego de palabras entre el pronombre y el nombre del sistema de la última tópica freudiana desarrollada en el artículo «El yo y el Ello» de 1923.

9 Je: modo en que el yo, en tanto sujeto (palabra y división mediante), queda nombrado por Lacan.

10 Jornadas acerca de políticas públicas Internacionales en UNMDP y UNRN. Presentaciones de escritos resultantes del proyecto de investigación V074 «Los padecimientos actuales ..Lo que a la educación y a la cura resiste», Universidad Nacional del Comahue, director externo: R. Karothy, directora local: P. Weigandt.

11 Deriva: figura de la navegación en la que una embarcación se abre camino según su propio curso, sin la guía impuesta por su comandante (Enciclopedia OCEANO).

12 Así como Freud hablaba de los sueños como vía regia para acceder al funcionamiento del inconsciente.

13 Dictado conjuntamente con el psicoanalista Sergio Rodríguez para el grupo psicoanalítico El (Øtro) Sur, en el año 2006, en Viedma, Río Negro.

14 Esta frase, si bien es agramatical, aparece de este modo por decisión de la autora (N.E).

15 La obra freudiana es tomada de la traducción al castellano de Luis L. Ballesteros y de Torres por entender que conserva una mayor correspondencia con la poética de la escritura freudiana. En algunas referencias a textos se ha consultado la traducción de Etcheverry (Amorrortu) por guardar correspondencias técnicas más ajustadas (a esto se debe que en algunas oportunidades ambas ediciones sean consultadas y referidas).



Patricia Weigandt es doctora en psicología. Docente universitaria. Codirectora del proyecto de investigación V074 CURZA «Los denominados padecimientos actuales en el terreno educativo y de la salud: lo que a la educación y a la cura resiste», director externo: Dr. Rolando Karothy. Directora del proyecto de extensión CURZA 503 «De la asistencia a la autogestión: Abordaje e intervenciones con organizaciones y/o instituciones de la comunidad del Barrio Guido de Viedma vinculadas a niños y adolescentes». Vicedecana CURZA UNCo

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